En aquel hospicio vivía una comunidad de monjes
que, además de dedicarse a sus labores religiosas,
se encargaba de socorrer a los peregrinos ayudados por unos
perros de gran talla e impresionante capacidad de trabajo.
Los monjes los criaron durante siglos, pero, como cabe esperar,
los avances en todas las tecnologías redujeron notablemente
el uso del San Bernardo como animal de salvamento.
Sus orígenes han creado distintas teorías
muy controvertidas y poco demostrables. La más extendida
es la que refiere que procede de los molosos tibetanos.
En el Museo Británico de Londres se encuentra un
bajorrelieve del siglo VII antes de nuestra era, proveniente
de un palacio de Nínive, en el que aparece el Gran
Tibetano, de extraordinario parecido con el San Bernardo
contemporáneo. Marco Polo los describe hacia 1295
como perro de gran alzada, fuertes y del tamaño de
un asno. Buffon, autor de la obra científica «Historia
natural», hace referencia de su existencia en el siglo
XVIII. En 1897, el alemán Siber los describe en uno
de sus libros.
Acerca de su llegada a Suiza, una teoría indica
que fueron los galos quienes los llevaron en su invasión
de Asia Menor. Otra hace hincapié en el hecho de
que fueron los fenicios quienes los introdujeron en Grecia,
y más tarde los romanos, al extender su imperio,
los introdujeron en el resto de Europa. Estos perros adoptaron
el nombre de molosos, al instalarse en los tiempos de la
antigua Grecia en la región de Molosia.
El San Bernardo de pelo largo no aparece hasta el año
1830, momento en el que los monjes le cruzan con razas como
el Terranova en la creencia de que un pelo más largo
les haría más resistentes a las bajas temperaturas.
La experiencia demostró que, al contrario, una mayor
longitud de pelo retenía mayor cantidad de nieve,
y que ésta, al helarse, impedía la libertad
de movimientos que requería tan arduo trabajo. A
pesar de este hecho, las dos variedades fueron admitidas
desde entonces.
En 1862 fueron las primeras exposiciones en las que apareció
el San Bernardo y su estándar se redactó en
1887. La raza fue criada con profusión por los británicos
hacia el año 1830, debido a que por aquellas fechas
el precio en el mercado de un ejemplar de esta raza alcanzaba
cantidades muy altas. Se deseaban cada vez más grandes,
tanto que fueron perdiendo tipicidad, característica
que todavía arrastran los ejemplares británicos.
Poco después de la II Guerra Mundial, la raza perdió
popularidad, hasta que el doctor Morsiani, de Italia, cruzó
ejemplares suizos y alemanes hasta conseguir un tipo de
perro que alcanzó un gran prestigio mundial.