En la búsqueda de ejemplares que se adaptaran a
un tipo de trabajo duro, de reflejos rápidos y de
buen porte, los guardabosques fueron seleccionando perros
inteligentes, rápidos, de alta actividad y motivación,
de espíritu vivo y curiosidad por su entorno; devoto
con los suyos pero reservado con los extraños, silencioso
y seguro.
Para alcanzar estos objetivos partieron de dos razas ancestrales,
el Mastiff y el Bulldog, conservando aquellos ejemplares
que se acercaban más a ese ideal y cruzándolos
entre sí. Dado el desarrollado olfato que tiene esta
raza, se especula con la posibilidad de que en su formación
interviniera en algún momento el Bloodhound.
Existen multitud de descripciones y documentos en los que,
a partir del siglo XIX, se enumeran las características
de los perros de guardabosques, entre las que destacan su
fuerza y color, así como su semejanza con el Mastiff
pero de menor tamaño. Sin embargo, Walsh, en su libro
«Dogs in healyh and disease», que data de 1877,
se refiere a ellos con el nombre de Bullmastiff.
Como es lógico, el florecimiento de las exposiciones
caninas posibilitó que los ejemplares de esta raza
se fueran homogeneizando hasta alcanzar un perfecto equilibro
entre sustancia y funcionalidad, sin olvidar la tipicidad.
A pesar de su fama esta raza no fue reconocida por el Kennel
Club Británico hasta 1924, relativamente tarde si
se tiene en cuenta la tradición cinófila del
Reino Unido.